sábado, abril 9

«La actuación es un aprendizaje sobre la raza humana, sobre la vida»

La actriz carballesa es Juliana, la responsable de la chocolatería en la serie Acacias 38




María Tasende (Carballo, 1977) tiene ya un amplio recorrido artístico a sus espaldas. Por citar solo algunos, con papeles más grandes o más pequeños: series como MatalobosAída, Os AtlánticosPadre CasaresMaridos e MulleresLos SerranoFaro; obras de teatro con el Centro Dramático Galego, o películas como Rafael o Retornos, que llegó al Festival de Málaga. Lleva tres años intensos, de no parar, y además con series diarias, muy exigentes e intensas a la hora de rodar. Los dos primeros, con O Faro, y el último con Acacias 38, que se emite en las tardes de la 1 de Televisión Española, con todo lo que eso implica, en promoción y difusión. María es Juliana, la dueña de una chocolatería, un centro social del barrio en el que todo se sabe y todo se cuenta. Para quienes no la conozcan, sale caracterizada mucho mayor de lo que en realidad es a sus 38 años, y además con un hijo no precisamente adolescente que contribuye a darle ese toque añadido de madurez en la pantalla.
Pese a que ya es una veterana de las tablas, confiesa que este año, con la serie, ha sido de «mucho aprendizaje», en todos los aspectos profesionales, y eso que la interpretación anterior ya le había dado una experiencia notable en los retos diarios. De Galicia a Madrid: «Aquí tienes otro equipo, más grande, otra manera de ser, otra gente». Explica. Pero añade que estaba contenta antes y que lo está ahora. Con su personaje, también. Juliana es querida por los espectadores, genera cariño, especialmente por su inocencia. En el carácter en conjunto María no es como Juliana, de ahí que se muestre satisfecha por poder transmitir esas sensaciones y que la audiencia sepa apreciarlo. Y sobre todo que la audiencia marche bien, y no solo en España, sino también en Italia.
La celebridad se nota, pero no de una manera exagerada. «Es raro que me reconozcan por la calle», señala. La ropa, el maquillaje, lo complican. Pero no imposible. «Cuando lo hacen se nota el cariño que le tienen a Juliana», describe.
La serie se ambienta en el filo del siglo XIX, a punto de empezar el XX. Era otra España, otras costumbres. Cuando le dieron el papel tuvo que prepararse bien la época. Justo en ese momento las mujeres empezaban a ser más libres, los cambios sociales eran incipientes, «aún en un mundo muy estricto». Pero, como ocurre con las pulsiones humanas, «cambia la forma de hablar, pero no los sentimientos, son siempre los mismos con independencia del momento». Y los actores se encargan de transmitirlos.
De momento la cadena funciona, así que parece que la serie va para largo, «pero en televisión nunca se puede decir lo que va a durar algo, aunque en este caso va bien, hay nuevas temporadas y mi personaje parece que sigue». Con la suerte, además, de que le gusta mucho el chocolate.
Dulce infancia
El dulce recuerda sobre todo a la infancia, que en su caso también viene de sus veranos en Montecelo o en Razo. Tanto que define su origen: «¡Yo soy de Montecelo!». Aunque Madrid pesa mucho. Ahí estudió Empresariales primero, y Arte Dramático con Cristina Rota, después. Ha vivido mucho tiempo en la ciudad, y continúa, con escapadas constantes a Galicia. «Mi alma está repartida entre ambos sitios, en lo personal y en lo profesional, pero mi corazón y mi estómago están en Galicia. Y cada vez más, con el paso del tiempo. Muchas veces pienso: ¡Cómo me gustaría poder ir a pasear ahora a Razo!». Para trabajar, depende: allí donde surja, opina. Puestos a pedir, le encantaría hacerlo combinando «cosas de Madrid, Galicia y otros países, vivir nuevas experiencias!».
Y eso que la carrera artística tiene altibajos. No puede quejarse, pero hubo momentos, «épocas duras, de plantearte cosas», aun reconociendo que la inestabilidad forma parte de la vida actual, y en su oficio, «más». Su personaje, tarde o temprano, se acabará, y habrá que buscar otras cosas.
Le gusta el cine, el teatro y la televisión, pero el escenario, «el contacto con el público», le tira especialmente. Y le gusta sobre todo su profesión, necesariamente vocacional: «A veces es dura, pero también me enseña mucho. Actuar es un aprendizaje sobre la raza humana, sobre la vida en general, y cada vez la respeto más. Es como un poder experimental del ser humano».
Natural de Carballo, enamorada de la casa familiar de Montecelo, en Coristanco, su papel en la serie televisiva diaria «Acacias 38» la mantiene en Madrid. Dice que entre la capital y Galicia reparte su alma en lo personal y en lo profesional, pero en el corazón gana su tierra.



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